Las órbitas de los cometas muestran una amplia gama de tamaños, inclinaciones y
excentricidades. En el pasado se dividió a los cometas en dos grupos basados en su
período orbital: los cometas de largo período, con períodos superiores a 200 años, y
los cometas de corto período, con tiempos inferiores.
Los cometas de largo período poseen dos
particularidades destacables. La primera es que sus órbitas se concentran mayormente en
tamaños muy grandes. La segunda es que su irrupción en la región de los planetas es
isotrópica, es decir, que no existe una dirección preferencial. Además, el 50% de los
cometas de largo período son retrógrados, lo cual es consistente con que su
distribución sea aleatoria.
Era una creencia bastante general que los cometas
provenían del espacio interestelar o que orbitaban las estrellas a muy gran distancia de
ellas, y que las perturbaciones gravitatorias podían provocar incluso que algunos
pudieran ser capturados por estrellas vecinas. Sin embargo, en 1950 el astrónomo
holandés Jan Oort hizo notar lo siguiente:
a) No había sido observado ningún cometa que
indicara que provenía del espacio interestelar.
b) Los cometas que se adentraban en el sistema solar
deberían sufrir perturbaciones por parte de los planeta, principalmente Júpiter,
hallando que éstas eran mayores que el pico de cometas de largo período. Esto
significaba que muchos entraban en el sistema solar por primera vez, pues de lo contrario
sus órbitas ya habrían sido modificadas por las perturbaciones gravitatorias de los
grandes planetas.
c) Las órbitas de los cometas de largo período
tenían una acusada tendencia a que sus afelios se situaran hacia las 50.000 UA.
d) Los cometas no provenían de alguna dirección
preferencial.
A partir de estos hecho propuso que los cometas
provienen de una amplia nube externa en los confines del sistema solar. A esta nube, con
el tiempo, fue denominada nube de Oort. Estadísticamente se calcula que puede haber un
billón (1.000.000.000.000) de cometas, aunque es una pura especulación; nadie a podido
observar dicha nube y mucho menos los objetos que pueda poseer.
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COMETAS
DE LARGO PERÍODO Distribución
de la energía orbital de los cometas nuevos de largo período. La escala superior es la
de los semiejes mayores en unidades astronómicas. La energía orbital es inversamente
proporcional al semieje mayor de la órbita. El importante máximo que se observa se cree
que corresponde a la nube de Oort (P.R. Weissman, 1982). |
La nube de Oort puede contener una fracción
importante de la masa del sistema solar, tal vez superior a la de Júpiter, aunque es una
simple especulación. Se piensa que puede ser una especie de globo que envuelve al sistema
solar y la hipótesis más aceptada es que está constituida por escombros del sistema
solar. En efecto, en sus orígenes el Sol estaba rodeado por una nube de gas y polvo, a
partir de la cual se formaron infinidad de planetésimos y, por agregación de los mismos,
los planetas. Parte de estos planetésimos sufrieron grandes alteraciones orbitales como
consecuencia de sus encuentros con cuerpos de gran masa (los proto-planetas) y de esta
forma adquirieron largas órbitas casi parabólicas y quedaron "almacenados" en
la nube de Oort, a una distancia media de un año luz donde aunque débil, la influencia
gravitatoria del Sol sigue siendo aún dominante respecto a la de las estrellas más
cercanas.
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Representación
esquemática de la nube de Oort. |
Oort también propuso un mecanismo
capaz de enviar continuamente una pequeña fracción de cometas de la nube hacia el
sistema solar interno. Los tránsitos casuales de otras estrellas cerca de la nube de Oort
puede alterar las órbitas de los cometas, haciendo posible que al azar puedan ser
mandados hacia el sistema solar. Se calcula que, en promedio, estas perturbaciones
estelares se producen una vez cada 100 a 200 mil años. Relacionado con esto, se ha
propuesto la existencia de "lluvias de cometas" para explicar las grandes extinciones de seres vivos en la Tierra en los tiempos geológicos. Si con alguna
regularidad el sistema solar sufre tales "bombardeos", sería una dificultad
añadida a la hora de determinar la edad de la superficie de los planetas y satélites
mediante el recuento de impactos meteoríticos.
Un punto oscuro a la teoría de la nube de Oort es
que al principio se ha indicado que los afelios de la mayoría de cometas de largo
período parecen situarse hacia las 50.000 UA. Si los cuerpos que constituyen la nube de
Oort son los que escaparon del sistema solar, cabría esperar que se hubieran esparcido a
muy distintas distancias, en vez de quedar confinados mayoritariamente en una banda
aproximadamente a la misma distancia del Sol.
Curiosamente, los objetos que constituyen la nube de
Oort parece que se formaron más próximos al Sol que no el propio cinturón de Kuiper. En
efecto, los pequeños cuerpos que se formaron cerca de los planetas pudieron haber sido
arrojados fuera del sistema solar a causa de los encuentros gravitacionales y han sido
desarrollados varios modelos que lo explican bastante satisfactoriamente. Los que fueron
expulsados pudieron constituir la nube de Oort, en tanto que los que los más alejados de
los planetas, al no sufrir tales interacciones, permanecieron en el cinturón de Kuiper.
LA NUBE DE OORT Y
LAS GRANDES EXTINCIONES |
En ocasiones, los sesudos astrónomos también se
divierten en sus elucubraciones y cálculos, intentando hallar lo que parece imposible. El
éxito de los Alvarez el relacionar la extinción de los dinosaurios, hace 65
millones de años, con el impacto de un gran meteorito con la Tierra, agudizó el ingenio
de muchos con el fin de explicar otros sucesos similares mediante impactos. En casi todas
estas hipótesis, unas descabelladas y otras con posiblemente mayor fundamento, interviene
la nube de Oort.
En 1977 dos geólogos, A.G. Fisher y M. Arthur,
sugirieron que las extinciones de la vida marina en la Tierra tenían lugar en ciclos
regulares de unos 32 millones de años. J.J. Sepkoski y D. Raup, después de un detallado
estudio de quinientas familias marinas de los últimos 250 millones de años, se
sorprendieron al comprobar que la vida parecía desaparecer en ciclos de unos 26 millones
de años. Sepkoski se había pasado años reuniendo una exhaustiva serie de datos de las
extinciones, haciendo una relación de 3.500 familias marinas, incluyendo 50.000 géneros
fósiles y unas 250.000 especies, indicando para cada familia la época geológica de
aparición y desaparición. La primera gran extinción conocida fue la más mortífera,
pues pereció el 90% de todas las especies marinas. Tuvo lugar a fines del Pérmico, hace
unos 248 millones de años. Desde entonces, según estos científicos, han habido otras 9
extinciones, espaciadas, más o menos, cada 26 millones de años.
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El gráfico representa
las distintas extinciones biológicas habidas durante los últimos 250 millones de años.
Los picos no pueden ser tomados al pie de la letra como representativos de la intensidad
de las extinciones, pues la ausencia de especímenes antiguos exagera los valores más
recientes. Además, cuanto más nos remontamos al pasado, más imprecisa es la datación
cronológica. |
Si para muchos ya era difícil admitir las causas de la extinción de hace 65 millones de
años, aún más increíble era que a intervalos regulares
un cuerpo celeste viniera a chocar contra la Tierra. ¿Cuál podría ser la causa? Se
pidió ayuda a los astrofísicos y a los astrónomos para responder al enigma. Y estos
acudieron solícitamente con un desenfado y un atrevimiento nada usual. Si se había
descubierto a Neptuno a partir del cálculo, ¿por qué no podía descubrirse también
mediante el cálculo las causas de las extinciones masivas? Y a partir de aquí empezó
una serie de elucubraciones fantásticas, una carrera para ver quién aportaba la
hipótesis más descabellada y original. Eso si, apoyada (¿disfrazada?) más o menos con
los números.
Se empezó especulando sobre la actividad solar y la
posibilidad de que pudiera tener unos máximos increíbles, con gigantescas erupciones
cada 26 millones de años. Sin dejar el Sol, se consideró después qué influencia
podría tener el hecho de que cada 33 millones de años cruza el plano galáctico.
Ahondando más en el tema, R.B. Stothers y R.M. Rampino especularon que a su paso por el
plano galáctico, el Sol podría encontrarse con masivas nubes de gas que podrían
perturbar los cometas de la nube de Oort y dirigirlos hacia el centro del sistema solar.
Otros discreparon de esta suposición argumentando que los efectos de tales nubes
deberían ser igual de importantes tanto en el plano galáctico como cuando el Sol pasa
por encima o por debajo.
Varios expertos en la nube de Oort
propusieron que los efectos acumulativos de la materia local en el plano perpendicular al
disco galáctico, los llamados discos mareales, eran mucho más importantes que los
efectos gravitacionales intermitentes creados a pasar estrellas cercanas o nubes gigantes
de polvo y gas.
En 1995, J. Matese y P. Whitman de la Universidad Southwestern Louisiana y sus colegas M.
Valtonen de Finlandia y K. Innanen de Canadá intentaron cuantificar los efectos de los
discos de marea. Sus modelos numéricos de la dinámica de la nube de Oort sugieren que al
oscilar como el Sol a través del plano galáctico, los discos de marea modulan el flujo
de cometas de la nube de Oort en un factor de 4 a 1, con el mayor efecto en el plano medio
de la galaxia (Icarus 116, 255, 1995). Estos resultados dan un nuevo impulso al
mecanismo del período de 30 millones de años.
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Las mareas
gravitacionales producidas por la Vía Láctea podrían mandar cometas de la nube de Oort
hacia el sistema solar al oscilar éste en el plano galáctico. |
Marese y D. Whitmire perfeccionaron sus
estudios sobre las perturbaciones sobre la nube de Oort (The Astrophysical Journal
Letters, 20 Noviembre 1996). Sus análisis de un grupo de órbitas cometarias indican
que toda la galaxia juegan un papel en estas perturbaciones. Sin embargo, P. Weissman del
Jet Propulsion Laboratory indica que estos efectos sólo aparecen cuando se toma en
consideración un pequeño grupo de cometas, a lo Matese responde que únicamente pueden
ser tenidos en cuenta aquellos cometas cuyas órbitas han sido bien determinadas.
Según Matese, aunque los cometas sólo serían los responsables del 25% de los cráteres
de impacto terrestres, son los que proporcionalmente producen los mayores cráteres, de
más de 100 km de diámetro, que son los que ocasionan las extinciones.
Némesis, la estrella de la muerte
Por su parte, R.A. Muller y M. Davis
propusieron una espectacular hipótesis digna de las mejores novelas de ciencia ficción:
el Sol podría ser una estrella doble, con una alejada compañera que podría perturbar el
cinturón de asteroides cada 26 millones de años y dirigir una lluvia de ellos hacia los
planetas interiores del sistema solar, pero matemáticamente la hipótesis era
inconsistente ya que la órbita de la supuesta estrella sería inestable. Davis puso en
contacto a Muller con P. Hut, un especialista en dinámica orbital. Este modificó la
órbita de la supuesta compañera del Sol y la puso mucho más lejos, de modo que los
proyectiles "mortales" que nos lanzaría no sería asteroides, sino cometas de
la nube de Oort, pero para que pudiera ser factible y basándose en una sugerencia de J.G.
Hills, tuvieron que situar la parte más densa de la citada nube a una distancia entre
1.000 y 10.000 UA, cuando normalmente se admite que es mucho mayor. Sin embargo, con los
números en la mano, cada 500 millones de años y durante un período de 700 mil años, la
lluvia de cometas sería tan intensa, que de alcanzar de lleno a la Tierra la
convertirían en un auténtico colador, por lo que lo más probable era que la vida haría
mucho tiempo que habría desaparecido en nuestro planeta, si es que alguna vez pudo llegar
a crearse... Aún así, en 1984 dieron a conocer su hipótesis sugiriendo que su estrella
de la muerte, en el caso de que fuera descubierta, llevase el nombre de Némesis,
diosa griega cuyo cometido era el perseguir sin descanso a los ricos, orgullosos y
poderosos, añadiendo que si la estrella no era descubierta, sería su propio Némesis.
E.M. Shoemaker, especialista en
asteroides, mostró la inviabilidad de la hipótesis, lo que no fue obvice para que, en
1984 se iniciara la búsqueda de Némesis, una estrella enana roja que actualmente
debería hallarse a 2,5 años luz de nosotros. En ese tiempo entraron también en liza D.
Whitmire y J.J. Matese sugiriendo que el astro de la muerte podría ser el no descubierto
planeta X, que debería orbitar al Sol en unos 1.000 años y que, así como debería
perturbar a los planetas exteriores, también debería ser afectado por ellos, de modo que
provocarían la rotación de la línea de las ábsides de su elíptica órbita,
perturbando la nube de Oort cada 26 millones de años. Esta hipótesis quedó descartada
en 1989 cuando la sonda Voyager 2 demostró que las supuestas perturbaciones sobre los
planetas gigantes por parte de un cuerpo más externo no existen, sino que eran debidas a
errores de cálculo.

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| El peligro que
pudiera representar la hipotética estrella Némesis es muy relativo. En febrero de 1999
Joan García Sánchez y colaboradores, del Jet Propulsion Laboratory, publicaron un
estudio en Astronomical Journal a partir de los datos del satélite Hipparcos
sobre futuras aproximaciones de estrellas vecinas al Sol. Apenas perturbarán la nube del
Oort, salvo GL 710 que dentro de 1,4 millones de años transitará por en medio de ella,
lanzando unos 2,4 millones de cometas hacia el interior del sistema solar. Sin embargo,
como esta lluvia se desarrollará durante unos 2 millones de años, esto significa una
tasa de cometas tan sólo un 50% superior a la actual. |
¿Pese a todo existe
Némesis?
De vez en cuando, cada 15 ó 20 años
sale en los medios de comunicación la noticia del descubrimiento de algún planeta
transplutoniano, que más tarde es desmentida o matizada. La última, es una noticia de la
BBC fechada el 28 de septiembre de 1999, indicando que el Dr. John Murray pudo haber
hallado un planeta a partir de las perturbaciones observadas en un grupo de 13 cometas,
desviados de sus órbitas por un cuerpo masivo. Se trataría de un planeta (o tal vez
alguna pequeña estrella), varias veces más masivo que Júpiter situado a unas 30.000 UA,
es decir, en plena nube de Oort o en su parte interna. En estos momentos se hallaría en
dirección a la constelación del Delfín y completaría su órbita, retrógrada, en
varios millones de años. El particular sentido de giro, contrario al de los demás
planetas, indicaría que es un objeto errante capturado (o tal vez de paso) por la
gravedad solar y que se habría formado en otra parte de la galaxia, posiblemente escapado
de alguna estrella. El trabajo del Dr. Murray fue mandado a Monthly Notices of the
Royal Astronomical Society y presentado en el DPS de la AAS (American
Astronomical Society) de octubre de 1999. Un cuerpo así, salvo por ejemplo que radie
una cantidad importante en el infrarrojo, es imposible de detectar con telescopios
ópticos, pues a tal distancia la luz solar es insuficiente para iluminar su superficie.
Por su parte, el infatigable John J. Matese también indicó que había llegado a
conclusiones parecidas y mandado a publicar su estudio en la revista Icarus.
La noticia debe ser tomada con las
debidas reservas hasta poseer más detalles del hallazgo. Así, Brian Marsden, del Minor
Planet Center, se ha mostrado excéptico indicando que las presuntas órbitas de los
cometas utilizadas en este estudio son imprecisas ya que se basan en pocas observaciones
de los mismos. Pero a lo mejor, pese a todo, Némesis existe...
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