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Artículo editado en la revista Huygens nº 30
ISSN 1577-3450
En 1967 los investigadores británicos, el físico
Anthony Hewish director del proyecto y la posgraduada Jocelyn Bell, habían terminado la
construcción del radiotelescopio de tipo tendido,
para el departamento de Radioastronomía de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) para
la búsqueda de radiofuentes brillantes en el cielo (en cualquier banda de radio). Esta
joven irlandesa de 24 años, Jocelyn Bell, preparaba su doctorado en física y sería la
encargada de auscultar y seleccionar correctamente cualquier señal de procedencia
cósmica, sus análisis les llevaría a descubrir los llamados Púlsares: la
peculiar manifestación de estrellas de neutrones que por su densidad y rápida rotación
proyectan por sus polos magnéticos haces de radiación electromagnética. Pasados unos
años la comunidad científica reconoció la tenacidad mostrada por Jocelyn en el
descubrimiento de los púlsares. El Premio Nobel por este nuevo descubrimiento en la
evolución estelar sólo fue concedido al director del proyecto, Anthony Hewish, en 1974.
A pesar de todo, ya desde 1912 con la astrónoma Henrietta Leavitt y más tarde con Vera
Rubin quedó enterrada la tan arrogante frase: «La mujer nunca levantará cabeza en la
ciencia de las estrellas», atribuida al físico Robert Oppenheimer (1904-1967). La
astrónoma Vera Rubin fue quien en 1951 expuso sus trabajos sobre las peculiares y
divergentes velocidad que algunas galaxias manifestaban independientemente al flujo
expansivo de Hubble. La ley de Hubble no era sacrosanta. La tasa de densidad galáctica
(supercúmulos de galaxias) es determinante en el movimiento propio de las galaxias
sometidas al tirón gravitatorio que ejercen estos supercúmulos.
Así se descubrieron los púlsaresYa en los primeros meses de
rastreo celeste, Susan Jocelyn Bell, advirtió una peculiar secuencia de picos
(pulsaciones) emitidos con un mismo periodo de recurrencia de 1,3 segundos. Pero también
observó otras similares señales se producían en otras zonas del Universo. Al equipo de
Anthony Hewish, estas similares señales de picos de periodo corto y de procedencia
celeste distinta les empezaba a resultar preocupante. En principio pensaron que al
radiotelescopio de alta sensibilidad se le estaban colando interferencias terrestres
emitidas por radiotaxi, radioaficionados, la señal rebote del altímetro de los aviones,
o incluso algún fallo en el cableado y conexión del equipo. Hewish optó por realizar
una prueba simultanea con otro radiotelescopio, captándose también las mismas señales
de radio en idénticas coordenadas celestes. Por tanto, las causas de origen terrestre
fueron todas desestimadas, reafirmando así, que su procedencia tenía un origen
extraterrestre dentro de nuestra galaxia. Hewish y J. Bell intuyeron que esta radiofuente,
por su periodo de pulsación tan corto, sólo podía tratarse de una anómala
manifestación electromagnética radiada por una estrella de circunferencia muy reducida,
una enana blanca o una estrella de neutrones, aunque no encontraban ninguna teoría donde
apoyar esta peculiar radiación. Con todo ello, fruto de la desesperación y el sentido
del humor, denominaron estas señales con las iniciales LGM, Little Green Men «Esos hombrecillos verdes». Tanto Hewish como J.
Bell, por lógica, dedujeron que era muchísima coincidencia que dos civilizaciones
extraterrestres desde puntos distintos de nuestra galaxia emitieran simultáneamente, en
dirección a la Tierra, un mismo mensaje corto y repetitivo, y con similar frecuencia de
radio. La hipótesis de los hombrecillos verdes se vino abajo. Las causas
debían tener su origen en algún proceso evolutivo asociado a las densas estrellas de
neutrones, como modelo más satisfactorio. La deducción fue acertada y este nuevo tipo de
manifestación estelar fue llamado Púlsar (PSR) por un periodista británico.
Estrella de neutrones-púlsarEl modelo de estrella de
neutrones es un remanente o residuo estelar dejado tras la explosión de una supernova.
Estas explosiones de supernova se producen en las estrellas masivas cuando al final de su
ciclo energético aún conservan una masa residual comprendida entre 1,4 y 2,2 masas
solares. Después de quemar los últimos «cartuchos» de helio las reacciones nucleares
de fusión entran en notable recesión y la presión ejercida por esta radiación resulta
incapaz de sostener las capas externas de la estrella. La contracción gravitatoria vence
y las capas externas de la estrella se derrumban (implosionan) hacia su centro, la
explosión supernova está servida. Resultado de la fase supernova queda un núcleo
estelar hiperdenso que adquiere rápida rotación, llamado estrella de neutrones, cuya
reducida esfera se confina entre los 50 y los 1000 kilómetros de circunferencia. Imaginad
una masa como la del Sol confinada en una esfera de unos 10 kilómetros de radio. Estamos
hablando de densidades inimaginables: cientos de millones de toneladas por centímetro
cubico. En donde la estructura del átomo ha quedado rota, la corteza exterior de
electrones a desaparecido y la misma densidad ha combinado electrones y protones
originando neutrones. Si tomáramos un puñado de esta materia neutrónica, pesaría como
toda la cordillera del Himalaya. Esto implica que la superficie de una estrella de
neutrones registra una gravedad superior a los cien mil millones de ges (1g terrestre =
9,8 m/s por cada segundo). Estas estrellas en estado de máxima compresión son la última
manifestación visual de la materia estelar, pues se encuentran a un sólo paso de
evolucionar hacia los llamados agujeros negros.
Como un faro cósmico Una estrella con este intenso
campo gravitatorio conlleva también un intenso campo magnético fuertemente polarizado
que atrapa y espiraliza electrones sueltos y gran parte de los fotones que genera la
propia estrella, que luego por sus polos magnéticos proyecta al espacio interestelar en
dos haces de radiación. Más con su rápida rotación la convierten en un autentico faro
cósmico dentro de la galaxia. El eje magnético de estas estrellas, por donde expulsa los
haces (chorros) de radiación, normalmente no coincide con el eje de rotación. Por este
motivo, cuando un haz de radiación de un púlsar incide linealmente con la Tierra, los
radiotelescopios sólo registran la señal muy acentuada de un solo haz, en forma de
pulsación periódica. El primer púlsar descubierto por Hewish y Bell, el PSR 1919+21,
tenía un periodo de rotación de 1,3 segundos, era ya una vieja estrella de neutrones que
había decelerado su rotación. Sin embargo, el PSR 0531+21, núcleo residual de neutrones
de la supernova Cangrejo del año 1054, gira a unas 30 revoluciones por segundo. La señal
electromagnética o chorro de radiación que lanza este púlsar empezó a barrer la Tierra
hace cerca de mil años, pero nuestros radiotelescopios no la registraron hasta 1968, un
año después del descubrimiento del primer púlsar.
Josep Emili Arias Miñana
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