Teniendo en cuenta que en los anuarios consta la hora
de los eclipses, ocultaciones y tránsitos de los satélites, cualquiera podría llegar a
pensar que sus movimientos orbitales son conocidos con toda precisión. Nada más lejos de
la realidad: estos eventos acontecen entre varios segundos y algunos minutos antes o
después de lo previsto por las teorías, lo que significa diferencias reales de posición
de los satélites en el espacio entre varios centenares y unos pocos millares de
kilómetros. Esto es así puesto que el movimiento de los satélites de Júpiter, lejos de
ser bien conocido, es uno de los más complejos de la mecánica celeste, ya que se halla
afectado por numerosas perturbaciones. Así, debido a los efectos de marea y a sus
continuas erupciones volcánicas, se sospecha que Io pueda sufrir una aceleración secular
por causa de la disipación de la energía. Todo esto implica que es muy difícil predecir
exactamente en qué punto de su órbita se hallan los satélites. De hecho, con los más
precisos métodos de observación, basándose únicamente en los fenómenos clásicos,
como mucho puede obtenerse una precisión de unos 500 km. Sin embargo, si las mediciones
se realizan con los fenómenos mutuos es posible determinar la posición espacial de los
satélites con una precisión de 0"03 (poder resolutivo teórico de un buen
telescopio de 4m en el espacio), es decir, con un error de unos 100 km, que en ocasiones
incluso puede descender hasta sólo 30 km.
La primera teoría sobre el movimiento de los
satélites galileanos, como se ha indicado más arriba, fue desarrollada por Sampson en
1910. Sin embargo, al existir con el tiempo notables diferencias entre lo previsto y lo
observado, motivó que Lieske (en 1977) sacara sus efemérides conocidas como E-2, basadas
en el ajuste de observaciones antiguas de eclipses, combinados con fotografías recientes.
Posteriormente determinó las E-3 tras el análisis
de los eclipses registrados con varios medios entre 1652 y 1983. Por su parte Arlot,
partiendo de las E-2 de Lieske y analizando observaciones fotográficas obtenidas entre
1891 y 1978, calculó en 1982 sus propias efemérides, las denominadas G-5. Los métodos y
la descripción de las teorías son muy complejos y nos ocuparían mucho espacio. Baste
con saber que para el cálculo se utilizan dos algoritmos distintos. El primero supone que
los discos de los satélites son uniformes, en tanto que el segundo tiene en cuenta la
fase y emplea la ley de Hapke de difusión de la luz para describir los discos aparentes
de los satélites, que en todo caso se suponen poseen un albedo uniforme (sabemos que no
es así).
¿Para qué tomarse tantas molestias
para conocer con toda precisión los movimientos de los satélites? Aparte de las
implicaciones astrométricas, existe un interés astronáutico real. Actualmente la nave
Galileo se halla orbitando Júpiter y sobrevuela los satélites con aproximaciones
rasantes a pocos centenares de kilómetros de su superficie. No obstante, como hemos
visto, ni con las teorías más recientes es posible calcular con absoluta seguridad su
posición real con un error inferior a unos pocos centenares de kilómetros, siendo el
único medio para obtener mayor exactitud (entre 30 y 150 km) la observación de los
fenómenos mutuos, que ha su vez sirve para comprobar y mejorar las teorías actuales. Por
todo ello, tras las experiencias previas de 1979 y 1985, en las temporadas de 1990-91 y
1997 se volvieron a organizar campañas internacionales de observación (en parte
patrocinadas por la Unión Europea) a las que se invitaron especialmente a participar a
los astrónomos aficionados, los cuales aportaron observaciones visuales, fotográficas,
con vídeo y fotométricas.

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| Registro fotométrico
de la ocultación de Io por Europa (J. Vidal). |
Eclipse de Io por
Europa 12 minutos después de de finalizar del fenómeno de la izquierda (J. Vidal). |
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