EL TELESCOPIO DEL AFICIONADO
Hasta ahora, todos los conceptos vertidos eran comunes a los telescopios profesionales y amateurs. El telescopio del aficionado presenta una característica (obvia, por supuesto) que lo hace muy especial. El aficionado lo consigue rascándose el bolsillo, y es este el que establece la frontera entre lo que quisiéramos y lo que podemos. El mercado ofrece un inmenso abanico de instrumentos, algunos de los cuales deberían de escribirse con mayúscula y otros ni siquiera merecen el nombre de telescopios. Desgraciadamente, éstos suelen tener buen aspecto y bajo precio, y se venden montones de ellos a incautos primerizos que sólo más tarde descubren que han hecho el "primo". Los telescopios, como otras tantas cosas, cuestan lo que valen y no existen gangas.
No es cuestión de desanimarse, sino de informarse bien. Un buen telescopio no tiene por que ser caro. Por el precio del utilitario más pequeño se puede montar un observatorio capaz de ofrecer datos compatibles y aceptados por los profesionales, y por lo que se pagaría de seguro, ya se pueden encontrar buenos aparatos... Con la ventaja adicional de que un telescopio es un gasto único, y no necesita gasolina cada semana para funcionar, y lo que es más importante, un buen telescopio es siempre un instrumento apreciado, que no sólo no pierde valor sino que se revaloriza con los años.
Existe un principio que todo aficionado debería aplicar en el momento de adquirir su instrumento y que dice que un telescopio funciona con el rendimiento del peor de sus componentes. Visto así, son ilógicas esas configuraciones, desgraciadamente tan comunes, en las que un tubo de considerables dimensiones esconde debajo un aparatito que, mirado desde cerca, parece una montura ecuatorial.
Al igual que una casa, un telescopio se ha de examinar empezando por abajo. Una columna o un trípode recios y firmes han de cumplir con holgura la tarea de soportar todo el instrumento sin flexiones ni vibraciones. Si esto falla, cualquier cosa que haya encima fallará también. Encima, una montura (ojo, que no decimos ecuatorial) sólida y con movimientos supersuaves. Si tiene movimientos lentos, mejor, si es ecuatorial, mejor, si tiene motores, mejor... Pero nada de esto es imprescindible. Lo importante es que lo que tenga cumpla bien con su función. Sobre la montura, un tubo con una óptica en la que debe primar la calidad sobre el diámetro. Por último, dos o tres oculares (pocos pero buenos). Y eso es todo lo que debe tener un buen telescopio. Un buen 15 cm. es mejor que un mal 40 cm. En Astronomía no se puede aplicar el "burro grande, ande o no ande".
Empezando por abajo, el telescopio mínimo es el refractor de cm. Es un instrumento que equipado convenientemente, es todo lo que se necesita para la observación diaria del Sol. Permite ver algún detalle en planetas y la Luna aparece ya con todo su esplendor a través de él. Un instrumento tan pequeño vale la pena que sea ecuatorial, y entonces, con algún accesorio, se pueden medir una gran cantidad de dobles y hacer los primeros pasos en fotografía.
Una buena decisión puede ser comprar para empezar un refractor ecuatorial de estos con la mejor montura ecuatorial posible, de forma que cuando se decida ampliar el instrumento, la montura permita la instalación de un reflector de 15 cm. o, con reservas, hasta un 20 cm. sin comprometer ninguna de las condiciones de rigidez. El precio de los refractores se eleva rápidamente a partir de ese tamaño y cuesta encontrarlos por encima de los 10 cm. Las ópticas comerciales de este tipo de telescopios suelen ser buenas, al menos de las 4 o 5 marcas punteras. Los telescopios que se pueden encontrar a muy bajo precio no pasan el examen del trípode o la montura, así que poco importa que su óptica sea también (o no) mala.
Entre los reflectores, el instrumento mínimo podríamos decir que es el telescopio de 15 cm, aunque existen en el mercado espejos desde 10 cm. Al ser más cortos de focal, y tener parte de la superficie colectora tapada por el secundario, vale la pena empezar colocando el listón más alto. A la postre, un telescopio de este diámetro, montado sobre una acimutal dobson viene a costar lo mismo que un refractor de 6 cm. Está además la posibilidad de construírselo uno mismo, con lo que el precio baja estrepitosamente.
La calidad de los telescopios comerciales de estas características varían enormemente, y mientras unas marcas ofrecen tolerancias aceptables, otras, por el mismo precio, entregan espejos muy por debajo de la mínima. No cabe otra solución que asesorarse con aficionados más experimentados, que estén utilizando este tipo de telescopios. Como antes, las tres o cuatro marcas punteras de material garantizan una media de calidad que no está mal. Para comprobar la calidad de un telescopio no existe otro medio que probarlo en condiciones de uso. Eso significa centrar adecuadamente la óptica, apuntar a una estrella una noche sin turbulencia y examinar cuidadosamente su aspecto. O sea, nada a lo que está dispuesto el vendedor, normalmente. El pretenderá a lo sumo, que veamos lo bien que se ve la torre de la iglesia o el repetidor, en lo alto de aquella montaña. Pero nosotros sabemos ya:
1º. De día no se utilizan nunca el tope de aumentos que podría dar el telescopio. De hecho, en visión diurna rara vez la atmósfera permite pasar de 100 aumentos, y eso es menos de la mitad de lo que le vamos a pedir a nuestro instrumento.
2º. De día nuestra pupila se contrae, como ya explicamos antes. Eso quiere decir que trabajando a pocos aumentos la pupila de salida del ocular será mayor que el agujerito de entrada de luz en nuestro ojo, con lo que no estaremos captando toda la luz, sino sólo la que proviene de la parte central de la óptica, precisamente donde hay más tolerancia. Con lo dicho, sólo podemos sacar una conclusión: si de día un telescopio no ofrece buena imagen, es que no se merece ni el nombre.