¿REFRACTOR O REFLECTOR?


 

 Existen desde hace mucho tiempo dos bandos casi irreconciliables de astrónomos aficionados. Los partidarios de los refractores y los fieles a los reflectores. Se ha publicado infinidad de veces que un refractor es equivalente a un reflector del doble de diámetro, y eso es una idea falsa. Las leyes ópticas actúan igual para los dos tipos de telescopios, así que ¿donde está la diferencia?.

 Aunque el argumento vale igual para una lupa y un espejo, consideremos un espejo. Si es cóncavo esférico, sólo devolverá la luz a un punto si ésta proviene de un punto situado justo en el centro de la esfera, de la cual el espejo es el casquete. Pero las estrellas están en el infinito, y un espejo esférico produce un foco en forma de casquete esférico de un punto situado en el infinito, de forma que al telescopio no se verán como puntos sino como círculos. Por eso los espejos astronómicos, si no se modifica su foco interponiendo otros espejos o lentes, se tallan de forma parabólica, y este tallado se ha de hacer de una forma artesanal. Esa parábola tiene una tolerancia, sin embargo, que es proporcional a la relación focal. Así se entiende que las lentes de los refractores puedan ser esféricas, pues al trabajar a F/D que van de 12 a 16 normalmente, la esfera cae dentro de la zona de tolerancia de la parábola teórica. La esfera es una curvatura de superficie fácil de obtener a máquina, por lo que los refractores se fabrican con un proceso completamente mecanizado, y la calidad obtenida tiene una media muy aceptable. Los reflectores, en cambio, trabajan a relaciones F/D mucho más cortas, y la utilización de un espejo esférico sería inadmisible. Así que un espejo se ha de retocar a mano, con lo que se encarece el proceso.

 Existe un punto medio entre la cantidad de tiempo dedicado a un espejo (que aumenta su precio), y lo que el comprador esté dispuesto a pagar por él, que hace que la mayoría de los espejos que podemos encontrar en manos de aficionados sean asequibles pero de baja calidad. Otro punto aparentemente en contra de los reflectores es la precisión de centraje, cuya exigencia también depende de la relación focal. Un refractor es un tubo hueco, con una lente rígidamente fijada en un extremo que viene centrada prácticamente de por vida. Un reflector, en cambio, tiene una tolerancia mucho más estrecha y teniendo en cuenta que el aficionado los monta con los materiales que tiene más a mano, sin importar si son los más adecuados o no, se descolima con cierta facilidad. La causa de que muchos aficionados piensen que su reflector es malo es que, en realidad, está descolimado.

  Estas dos razones son las que hacen que mientras los refractores casi siempre ofrecen buenas imágenes, los reflectores no lo hacen casi nunca. Sin embargo, con un espejo de calidad adecuada y colimado se obtiene la misma imagen que con un refractor del mismo diámetro, y como los reflectores son mucho más fáciles de conseguir en grandes diámetros, la balanza se debería inclinar hacia estos últimos.

  Existen otros peros esgrimidos por los refractoadictos, como que el tubo abierto de los reflectores está más afectado por la turbulencia y que la obstrucción central que produce el espejo secundario reduce el contraste, a lo que contestan los defensores de los espejos que las lentes siempre tienen un cromatismo residual, mientras que los reflectores no modifican los colores y dan imágenes limpias.
No deseo tomar partido aquí por unos u otros, aunque evidentemente lo tengo. Supongo que depende de con que telescopio le toca bailar a cada uno.

 Además de los clásicos refractores y "newtons", hay un grupo que merece consideración a parte; se trata de los catadióptricos, combinaciones de lentes y espejos que permiten, en el caso de los Schmidt, una alta luminosidad y un campo amplio, y con los Cassegrain, disponer de un foco largo con un tamaño moderado de instrumento. Así que algún fabricante se preguntó por qué no combinar ambos diseños para lograr lo que hoy conocemos como Schmidt-Cassegrain, y nacieron posiblemente los más populares telescopios de aficionado. Son estos unos instrumentos de poco volumen pero potentes y portátiles, dotados los modelos superiores de la tecnología más avanzada. Están concebidos como un electrodoméstico, es decir, ocupando el menor espacio, han de realizar el máximo de cosas en el menor tiempo posible. Y además han de ser decorativos. Ciertos modelos son capaces de seleccionar por nosotros, de una determinada zona del cielo, qué objetos vale la pena observar y cuales no, y mostrárnoslos en rápida sucesión. "Tantos objetos por hora", reza la publicidad, como si hablara de un coche deportivo.

  En realidad, son unos telescopios con las ópticas hechas a máquina, que garantizan una calidad media igual para todos los instrumentos, montados en una ecuatorial de horquilla, y un trípode sólido. Su mayor pecado es que lo anuncien como telescopio universal, porque el telescopio universal no existe y éstos, si bien cumplen correctamente trabajos en los que no se precise afinar detalles, como fotografía o fotometría, su óptica no les permite (en los modelos de 20 cm, que son los más usuales) observaciones de alta resolución como planetaria. A este nivel, no pueden competir con un newton del mismo tamaño y de buena calidad, por ejemplo. A cambio, ningún otro diseño permite cargar un gran telescopio en el coche (se fabrican hasta diámetros de 40 cm), ir al campo, instalarlo en ecuatorial, hacer unas fotos, recogerlo y volver en un tiempo razonable. Y además, en los modelos de 20 cm, la relación calidad-precio es aceptable. Eso les ha convertido en el telescopio más vendidos.
 


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